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Una nueva mirada

13/05


Un joven de unos veintitantos años miraba entusiasmado por la ventana del autobús mientras recorrían una zona rural. De repente, exclamó:—¡Papá, mira los árboles! ¡Están corriendo hacia atrás! El padre lo observó con una sonrisa tranquila. Cerca de ellos, una pareja de viajeros los miró con cierta incomodidad, confundidos por el comportamiento del joven. Minutos después, el joven volvió a emocionarse: —¡Papá, las nubes nos están siguiendo! ¡Parecen bailar con nosotros! La mujer, algo desconcertada, murmuró a su compañero: —Ese muchacho parece tener algún problema… ¿por qué no lo han llevado a un especialista? El padre, sin perder la calma, respondió amablemente: —En realidad, venimos justamente del hospital. Mi hijo nació ciego… y hoy, por primera vez en su vida, ha podido ver. Los rostros de la pareja se transformaron. Donde había juicio, ahora había asombro… y vergüenza. A veces, somos rápidos para etiquetar a las personas por lo que vemos en la superficie. Un gesto, una palabra, una actitud… y en cuestión de segundos, asumimos que sabemos lo suficiente como para emitir juicio. Pero cada persona lleva una historia invisible detrás de los ojos, un camino que solo Dios conoce completamente. Jesús nos enseñó a no juzgar por apariencias. Él mismo fue incomprendido y despreciado por muchos que no conocían su misión ni su corazón. A menudo, los que más brillan en la fe son aquellos que fueron más heridos, más rotos… y más sanados por la gracia divina. Como creyentes, estamos llamados a mirar con compasión y no con prejuicio. A preguntar antes de señalar. A extender la mano en vez de levantar el dedo. Y sobre todo, a celebrar las pequeñas resurrecciones: esos momentos en los que alguien, por fin, comienza a ver.

…“El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” —1 Samuel 16:7

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